By hola | Published | No Comments
Una vez pasada la fiebre futbolística tenemos un cuento corto en torno al poder de la memoria y el tiempo. Por cierto felicidades a la selección de España que se llevó el máximo galardón.
Album Familiar
Llevo tiempo intentando escribir la historia de J. Voy a las interrogantes que tengo a través de los álbumes de los que soy custodio. Veo fotos que trastabillan entre el recuerdo y el olvido involuntario. Algunas cortadas, otras con esquinas dobladas, un centenar descoloridas que poco dicen de las emociones de esas personas atrapadas en el papel. Junto a las imágenes aparecen cuentos que alguien contaba como al pasar y yo furtivo los atrapaba para imaginármelos. Relatos sobre J y su hermana mayor, J y el cuidado de la abuelita, J la que sabe cocinar bien y canta boleros de Olga Guillot.

No hay fotos de la niñez de J, sin embargo, de su hermana sí hubo una fotito que alguna vez vio en una mesita de noche. De su infancia hay solo frases que ella dice como al descuido. Por ejemplo, que nunca vio a su madre demostrarle afecto; ni una caricia en el cabello ni siquiera ese arreglo espontáneo del cuello de la blusa. La llamaba por su nombre completo, a la hermana con graciosos diminutivos. Cuando J me lo contó le pregunté si eso le dolía y me respondió con sencillez: «mi mamá me quiso a su manera».
Veo a J y su hermana mayor paradas en una estación de tren cerca de un reloj que parece marcar las 10 y 15; llevan largos gabanes y unos botines de punta gastada; se asemejan a grises estacas en el andén; ninguna sonríe.
La madre de J alcanzó a criarlas hasta media infancia cuando encontró otro hombre que suplantó al esposo, ese que tenía solo lealtad a las botellas de vino y que se marchó una mañana temprano después de desayunar. Ella con nuevo marido y bocas que iban naciendo una tras otras decidió abandonar a sus hijas porque el padre no quería frutos que no fueran los suyos. Así un día J y su hermana terminaron en la casa de la abuela materna. Allí se sostenían junto a su única tía, esa que se quedó para vestirlas y darles de comer. La abuela cosía, la tía trabajaba en una fábrica. En la mesa raciones y en el corazón otros vacíos que crecieron con sus cuerpos. A los 18 la hermana de J se puso de novia y se fue de la casa. J quedó para sacar las hojas del almanaque hasta el momento de enterrar a su tía. Entonces empezó a ser bulto en casas ajenas. J iba y venía entre la casa de una prima, alguna vecina, una amiga reciente. Nunca escuché que contara «iba a mi casa», sino «iba donde…» y seguía un nombre propio que representaba horas de tranquilidad. Hasta que comenzó a trabajar en un restaurante donde dormía en una improvisada cama cuidando de no ponerse al lado de olores pegadizos. En ese lugar después recibió su primer beso, unas caricias apuradas y ninguna promesa. De ese tiempo es la foto de J con una faldita plisada, zapatos ballerina, una blusita adherida al cuerpo y una cartera pequeña, recostada de un chico en moto de chaqueta gruesa, abundante cabellera y lentes de sol, ese al que meses después le diría que estaba embarazada. Se casaron y J quizá creyó que iba a pronunciar la palabra hogar, que el amor llegaba por fin, aunque nunca me habló de enamoramiento sino de circunstancias que aparecieron. Llegó la primera hija; la sopa con verduras, el pan con manteca; los trozos de vidrio en el piso y unos aros púrpuras que no les daba la luz del sol. No hay foto para ese ardor en la mejilla, ese dolor en los costados y las marcas con sangre que manchaban una piyama.
Las fotos de la familia cuentan los instantes de unos veraneos a la playa; una casa espaciosa con una bodega adosada donde J vendía los panqueques que hacía los sábados mientras cantaba las canciones de la radio. Hay una con los bordes en ondas que muestra a J con la última bebé junto a un niño de pantalones cortos que iba alargando cicatrices en su corazón. En todas, J sin mostrar los dientes y una mirada triste recurrente. Por eso me sorprenden las fotos sueltas entre medio de algunos álbumes donde hay color, ojos achinados y bocas abiertas; personas desconocidas, fachadas de casas, jardines coloridos. De esa camarita J no se acuerda, pero sí de la vida de la gente y los contextos que las rodeaban en cada una de las fotos.
Veo a J de veinte años en una foto tomada en estudio. La cara ladeada con una sonrisa tímida; el peinado que muestra un zarcillo con forma de flor; una foto retocada. Voy reconstruyendo esta historia tomando apenas retazos en ese manto de silencio que pesa cuando le pregunto por algún evento del pasado. «Ay, no me acuerdo, hace mucho de eso, deja atrás, hijo, esas memorias agrias», pero tengo recuerdos en primera persona que duelen y de los que quisiera hablar. Cierro el album… por ahora.
Florángel Quintana
Florángel Quintana (Venezuela, 1965) es escritora y licenciada en Letras por la Universidad Católica Andrés Bello, con estudios de posgrado en Literatura Latinoamericana (Universidad Simón Bolívar). Ha sido docente y consultora estratégica. Ha publicado poesía en revistas como La Casa de las Américas (1997) y Letralia (2000). Es autora de obras de microteatro estrenadas en Venezuela, España y Estados Unidos. Colabora en la revista digital The Wynwood Times con la columna «Manifiesto de una GenX». Ha publicado tres libros de no ficción y uno de ficción, todos disponibles en Amazon. Reside en Virginia (EE. UU.) donde trabaja como mentora literaria y editora con su compañía FQ Writing & Editing Services. @florangel
Leave a Reply