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Las graves consecuencias del COVID en la comunidad de East Boston

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Esta historia es la primera de una serie de tres partes que busca rendir homenaje a los miembros de la comunidad de East Boston que perdieron la vida durante la pandemia y reflexionar sobre lo que la pandemia nos dice acerca de la actualidad. El Proyecto Memorial del COVID-19 ha sido posible gracias al apoyo del Consejo Cultural de Mass.

Beatrice una vez tenía una vida vibrante trabajando y haciendo trabajo voluntario en su comunidad de East Boston, pero la llegada de la pandemia del COVID-19 en los inicios de la década cambió su vida para siempre.

East Boston resident Beatrice wearing a mask, holding a cake

Ella es una de las supervivientes de un virus mortal que acabó con la vida de al menos 7 millones de personas en todo el mundo. La emergencia sanitaria pública terminó en 2023, según la Organización Mundial de la Salud.

El COVID-19 le dañó los riñones. Así que hoy en día pasa tres días a la semana conectada a una máquina de diálisis para filtrar los desechos de su sangre. Como resultado, Beatrice dice que ha perdido  su buen ánimo y que tiene que usar caminante para mantener el equilibro. 

“La experiencia de recibir diálisis,” dijo Beatrice, “No se lo deseo a nadie. Es una cosa triste porque ya no dependes de ti mismo, sino de una máquina.”

Beatrice es una de las muchas personas de Eastie cuya vidas cambiaron a causa de la pandemia de COVID-19. Para Elena, la pérdida de su madre y la salud mental de su hija han afectado gravemente a su propia tranquilidad. En esta historia, solo estamos publicando los nombres de pila para proteger su privacidad. Para Noemy Rodriguez, fue el desempleo generalizado en su barrio de East Boston lo que le provocó ansiedad. Como organizadora comunitaria de GreenRoots, una organización sin fines de lucro de Chelsea, Rodríguez recuerda una explosión de necesidades.

“Fue muy difícil y agotador,” dijo Rodriguez. “Me sentí físicamente agotada, y además el ritmo era muy rápido. A pesar de que yo estaba de buena salud, las primeras llamadas eran de personas que ya habían empezado a decaer.”

Según los datos del censo, Eastie tiene la población hispana más grande de todos los barrios de Boston y una de las poblaciones de inmigrantes más grandes de la ciudad. De hecho, la población latine puede ser mayor de lo que reflejo en el censo de 2020, según el Fondo para la Equidad en el Censo de Massachusetts y un informe de la Fundación Boston Indicators. Las tasas de auto-respuesta del censo de diez años entre los residentes e inmigrantes latines, que históricamente han sido bajas en comparación con otros grupos, se vieron aún más afectadas por los desafíos que los confinamientos por la pandemia crearon para el Censo de 2020, según el informe de Boston Indicators.

Map by Boston Public Health Commission, public domain, via Wikimedia Commons
Mapa de la Comisión de Salud Pública de Boston, dominio público, vía Wikimedia Commons

Aunque el  el censo de 2020 subestimó la población latine de Eastie, los residentes latines todavía tenían una tasa de incidencia más elevada, de 7.984 por cada 100.000 personas, que los residentes blancos, con 2.905 por cada 100.000 personas, durante el primer año de la pandemia, situándose East Boston entre los barrios según la ciudad de Boston.

Apenas un mes después del inicio de la pandemia, en abril de 2020, la ciudad de Boston informó de que la tasa de desempleo había alcanzado el 17,1 %, la más alta del país en aquel momento. Con solo un mes y medio de la pandemia, los residentes negras tenían casi el doble de probabilidades de estar desempleadas que los residentes blancos.

Beatrice, que cree que se contagió del virus mientras empaquetaba y repartía alimentos donados a vecinos necesitados, y se infectó a principios de 2020. Una vez ingresada en el hospital, no vio a su marido durante tres meses.

“No podía tocarme, no podía hablar conmigo, no podía hacer nada. Si quería verme, tenía que hacerlo desde lejos,” recordaba ella de aquellos días difíciles.

Rodríguez se preocupaba por los vecinos que trabajaban en hospitales y en el transporte público y por su propia familia. Los hijos de Rodríguez padecían enfermedades que los hicieron vulnerables.

“Solía decirme a mí misma: ‘¿Y si mi hijo contrae COVID? ¿Qué va a pasar entonces?’”, ella dijo.

Ella recuerda el día en que el esposo de su vecina falleció de COVID. La ambulancia llegó a la calle Bennington con la sirena a todo volumen a las cinco de la mañana.

“Mi amiga estaba inconsolable, estaba destrozada,” dijo Rodríguez. “Lo más duro fue que no pudimos abrazarlos.” Recordó que su vecina había exclamado: “La clínica no lo atendió. Podría haber sobrevivido, pero no quisieron atenderlo, se negaron a tratarlo.”

Aunque la familia de Rodríguez salió de la pandemia sin sufrir ese tipo de trauma que cambia la vida, otras personas que ella conoce no tuvieron tanta suerte.

El impacto del COVID-19 también ha perdurado para  Elena también.

Se mudó a los Estados Unidos en el año 2000 y vivía en East Boston y mantuvo a su familia en El Salvador. Dio positivo por primera vez en la prueba de COVID-19 en 2022. Según contó, tras enfermarse, el virus se propagó rápidamente por su hogar.

“Al contagiarme yo, contagié a toda mi familia.” ella dijo. “Eso cambió mi vida.”

Su madre se enfermó gravemente y falleció a causa del coronavirus en el día veinticinco en el hospital. Después de que los médicos le comunicaron que su madre ya no podría llevar una vida independiente, Elena tomó la dolorosa decisión de cumplir los deseos de su madre y desconectarla del soporte vital.

“Hasta el día de hoy, yo tomo antidepresivos porque la vida es más difícil ahora,” ella dijo. “Siento como si les hubiera quitado a mis hermanos mi madre. Aunque me dicen que no debería sentirme culpable, siempre lo siento.”

During COVID, volunteers pack donations at a local distribution site in East Boston
Volunteers pack donations at a local distribution site in East Boston (foto de Leah Gregory)

La situación económica de la familia también se volvió difícil, lo que la llevó a recurrir a los centros locales de distribución de alimentos.

“Durante dos años, casi no trabajé nada.” Elena dijo recordando el periodo 2020-2022 como una época en la que “las donaciones eran escasas y las filas eran largas, de hasta tres cuadras, con gente esperando para recibir comida. El dinero no alcanzaba para seguir pagando las cuentas, el alquiler y comprar alimentos.”

“La iglesia de mi madre nos ayudó mucho,” ella recuerda. “Siempre que podían, nos traían comida y cuando nos enfermamos, nos traían medicamentos.”

Hoy en día, se centra en su hija, que sobrevivió al virus pero que ha tenido dificultades desde ese tiempo.

“La salud mental de mi hija también está sufriendo,” dijo Elena. “Sigo luchando también contra su depresión porque nos ha afectado a todos.”

A pesar de su pérdida, Elena afirma que ella intenta dar un ejemplo que, espera, también le dé fuerzas a su hija.

“Tengo que tener la actitud de no dejarme caer,” dijo, “porque siempre recuerdo a mi madre, quien era fuerte, y por eso tengo que seguir adelante y ayudar a mi hija a seguir adelante.”

Beatrice también se esfuerza por volver a una vida más activa. Aunque dijo que se siente decepcionada por la mayoría de las organizaciones sin ánimo de lucro a las que acudió tras su enfermedad, Rodríguez, de GreenRoots, siempre estuvo ahí para ella. Recientemente, ha empezado a salir de nuevo a dar paseos o, como los llama GreenRoots, “Caminatas Verdes.” Estas caminatas ofrecen a los vecinos de la zona la oportunidad semanal de disfrutar de ejercicio suave, interacción social y apoyo emocional.

“Salimos a caminar todos los martes,” dijo Beatrice, “eso me ayudó, poco a poco, a reintegrarme de nuevo en la organización y, con su ayuda, he podido seguir adelante.”

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Artículo por Marvin Juarez

– Traducción de Sabrina Femino

– Revisión editorial por Kami Waller y Valerie Izquierdo