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Dolores Huerta: el derecho a la lucha

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Dolores Huerta (4/10/1930 – 10/28/2026)

Tuve el gusto de conocer a Dolores Huerta y compartir con ella unas horas que todavía recuerdo con cariño. Fue una de esas casualidades que, de vez en cuando, nos regala la vida. Sucedió en 2012 durante una exposición de arte organizada con motivo de la celebración del Día de Muertos, en el Museo de Arte Contemporáneo de Arlington, Virginia. Recuerdo que aquella tarde entró una mujer que llamó inmediatamente mi atención. Sin pensarlo demasiado me acerqué a saludarla pues se me hizo conocida, estaba segura de haberla visto antes. Conversamos, me dijo que era de California y que venía a DC de vez en cuando. No sabía todavía quién era. Poco después alguien se acercó y me preguntó si sabía con quién estaba hablando. Cuando escuché su nombre, me llevé una enorme sorpresa: era Dolores Huerta.

Gloria y Dolores Huerta

Mi abuelo paterno nos había hablado de ella desde que éramos niños. Nos contaba historias de los años cuarenta, de sus encuentros con los líderes campesinos César Chávez y Dolores Huerta, de aquellos años de sufrimiento y resistencia. Sus relatos me habían dejado una impresión profunda. De pronto, aquella mujer que hasta entonces pertenecía a las historias de mi abuelo estaba frente a mí, conversando tranquilamente. Le conté que tenía un proyecto fotográfico dedicado a retratar personalidades que admiraba y le pregunté si podía fotografiarla. Aceptó con naturalidad. Después se la presenté a mis amigos artistas, nos tomamos algunas fotografías y seguimos conversando. Me sorprendió su sencillez. No había en ella ningún gesto de solemnidad, ninguna necesidad de recordarle a los demás quién era. Alguien propuso ir a escuchar jazz y como doña Dolores tenía la tarde libre aceptó a ir con la bola. Terminamos compartiendo una noche de música, conversación y baile. En algún momento la presenté ante los asistentes, que la reconocieron y la recibieron con una ovación. Ella agradeció los aplausos con serenidad. Me contó que había viajado a Washington para recibir un reconocimiento del entonces presidente Barack Obama. Sin embargo, aquella noche no parecía interesada en hablar de premios ni ceremonias. Quería escuchar música y pasar un buen rato. Esa imagen se me quedó grabada. A veces, las personas que han hecho las cosas más importantes son también las que menos necesitan demostrarlo.

Dolores Huerta murió el 28 de octubre de 2026, a los 96 años, en Bakersfield, California. Con ella desaparece una de las figuras fundamentales de la lucha por los derechos civiles y laborales en Estados Unidos. Su historia está ligada a la de millones de trabajadores agrícolas, particularmente mexicanos y latinoamericanos, que durante décadas vivieron sometidos a condiciones de explotación y discriminación. Había sido maestra de primaria. Al conocer de cerca la realidad de sus alumnos, muchos hijos de campesinos, comprendió que enseñarles no era suficiente. Los niños llegaban a la escuela hambrientos y descalzos. Sus familias trabajaban largas jornadas por salarios miserables, sin servicios médicos ni condiciones básicas de higiene. La injusticia no terminaba en el salón de clases; comenzaba mucho antes. Decidió abandonar la enseñanza para organizar a los trabajadores del campo. En 1962, junto con César Chávez, participó en la fundación de la organización que daría origen al sindicato United Farm Workers (UFW). La lucha exigía salarios dignos, mejores condiciones laborales y el reconocimiento de la dignidad de quienes trabajaban la tierra. No era una tarea sencilla. Los patrones se resistían a perder sus privilegios y los trabajadores arriesgaban mucho al organizarse. Huerta fue detenida en 22 ocasiones. Sufrió golpes, amenazas y humillaciones. Nada consiguió apartarla de su propósito. Fue madre de once hijos, dirigente sindical, feminista y defensora de los derechos de los inmigrantes, de las mujeres y de las comunidades históricamente marginadas. También trabajó para impulsar la participación política latina y construir alianzas con otros movimientos sociales.

Dolores Huerta, 24″x36″, aceite sobre la tela de algodón, 2014

¡Sí, se puede! Tres palabras que terminaron por trascender el movimiento campesino y convertirse en una expresión de resistencia mucho más amplia. En su voz no eran un eslogan vacío. Eran una convicción: los derechos no se reciben por cortesía de quienes tienen el poder; hay que organizarlos, reclamarlos y defenderlos. Su historia, sin embargo, también tiene zonas dolorosas. En 2026, después de guardar silencio durante seis décadas, Huerta denunció haber sufrido agresiones sexuales por parte de César Chávez. Explicó que había callado para proteger el movimiento campesino y que decidió hablar después de conocer las experiencias de otras mujeres y niñas. Su testimonio obliga a revisar una parte de aquella historia. Ninguna causa, por justa que sea, debería exigir el silencio de sus víctimas. Reconocer las conquistas de un movimiento no significa cerrar los ojos ante sus sombras. A lo largo de su vida recibió numerosos reconocimientos. Pero su legado no está solamente en las medallas, las calles o las escuelas que llevan su nombre. Está en los trabajadores que consiguieron mejores condiciones, en quienes aprendieron a organizarse y en aquellos que descubrieron que podían levantar la voz frente a la injusticia, a usar el complot como arma de protesta.

Yo prefiero recordarla aquella tarde en Washington. No detrás de un podio, ni rodeada de funcionarios, ni pronunciando un discurso ante una multitud. La recuerdo conversando, escuchando jazz y aceptando una invitación a bailar. Una mujer que había pasado buena parte de su vida enfrentándose a los poderosos y que, sin embargo, conservaba intacta la capacidad de disfrutar de las cosas sencillas. Quizá esa sea la imagen que mejor resume mi encuentro con Dolores Huerta: una mujer que entendió que luchar por la dignidad también significaba defender el derecho a vivir plenamente. A reír, a bailar, a celebrar. Hoy, después de su muerte, aquella frase sigue resonando. No como una consigna nostálgica, sino como una responsabilidad que permanece entre nosotros.

¡Sí, se puede!


Gloria Valdés

Gloria Valdes

Gloria Valdés ‘Tarasca” (Michoacán, México). Artista visual autodidacta, su técnica es el aceite sobre la tela de algodón. Por muchos años ha trabajado en un proyecto de retratos de personalidades; para a través de su trabajo, reconocerlos. Su principal motivación es la de inspirar, informar y entretener a los espectadores.

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