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La cruda realidad del 5 de mayo

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Una reflexión unos días después de un festivo malentendido

No sé exactamente en qué momento el 5 de mayo se convirtió en una especie de Día Nacional fuera de México, pero la celebración siempre ha tenido algo de confusión. Aunque bueno, así funcionan las cosas: una cosa termina siendo otra y lo que no es original acaba vendiéndose como auténtico. Vivimos tiempos ideales para eso.

Mucho se ha escrito sobre el 5 de mayo y todavía hay gente que cree que se celebra la Independencia de México, lo cual es falso. La fecha, sin embargo, sí tiene importancia histórica: conmemora la derrota del ejército francés en la Batalla de Puebla y el freno a las aspiraciones expansionistas de Napoleón III en América.

Pongamos un poco de contexto. Abraham Lincoln gobernaba un Estados Unidos fracturado por la Guerra Civil: norte contra sur. Mientras tanto, en México, Benito Juárez encabezaba un gobierno liberal que resistía la invasión francesa. Lo que se celebra el 5 de mayo es, en realidad, la improbable victoria de un ejército mexicano mal equipado sobre una de las potencias militares más importantes de la época.

La batalla ocurrió en la ciudad de Puebla -capital del estado del mismo nombre-, aunque a estas alturas la precisión histórica parece importar menos que una cubeta de cerveza en promoción. ¿Quién va a detenerse a revisar datos cuando siempre es más fácil inventar versiones nuevas después de un par de Margaritas en las rocas?

Creo que ésta es apenas la segunda vez que escribo sobre el tema, quizá porque prácticamente todo ya se ha dicho. Desde los académicos más rigurosos hasta quienes aseguran que Lincoln y Juárez intercambiaban armas, dinero e inteligencia mientras cada uno libraba su propia guerra. Algunas teorías son plausibles; otras parecen escritas a las tres de la mañana, justamente la hora en que comenzó realmente esta historia.

A eso de las tres de la mañana escuché vómitos, venían de la calle. Me levanté para ver qué pasaba. Soy curioso, deformación profesional: periodista. Encontré a varios jóvenes vaciando el estómago sobre la banqueta mientras reían felices, como suele suceder en este tipo de celebraciones etílicas de fraternidad improvisada. Dos muchachos y tres chicas inclinados sobre la banqueta expulsando litros de entusiasmo intercultural mezclado con carcajadas, reían como si acabaran de liberar la ciudad de Puebla personalmente.

¡¡¡Viva el 5 de mayo!!!

Vivo a media cuadra de un bar y cerca de dos vinaterías, así que los borrachos inevitablemente atraviesan mi calle rumbo a los coches que dejaron estacionados quién sabe dónde.

Minutos después apareció otro grupo cantando canciones mexicanas pronunciadas con una fonética que habría obligado a Pancho Villa a regresar a caballo sólo para pedir explicaciones. Pero iban felices. Profundamente felices, con un entusiasmo admirable.

Y entonces pensé que quizá de eso se trata ahora el 5 de mayo: una mezcla extraña de historia, marketing, tequila, confusión geopolítica y karaoke involuntario.

En fin. Que viva el 5 de mayo. A estas alturas, ¿qué otra cosa se puede hacer?


Octavio Lasañe

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