By hola | Published | No Comments

El piano, en ciertas manos, deja de ser un instrumento para convertirse en un territorio expresivo. En el caso de Chucho Valdés, ese territorio oscila entre la elegancia y la intensidad, entre la precisión académica y una energía que por momentos resulta desbordante. Su forma de abordar el teclado —más que tocarlo— puede ser profundamente hipnótica.
El sábado pasado, ante un lleno absoluto en el Berklee Performance Center de Boston, Valdés se presentó junto a su Royal Quartet con un repertorio amplio y ambicioso: pasajes de música clásica, jazz de gran factura y una base sólida de ritmos afrocubanos. El cuarteto Royal funciona como un conjunto compacto, aunque con un claro centro de gravedad en el piano, que guía y estructura la experiencia sonora. El resultado es un virtuosismo grupal donde el diálogo entre los músicos adquiere tanto profundidad, como matiz.
El bajo de Armando Gola nos recordó que el jazz estaba presente y puede ser bailable, mientras Horacio Hernandéz en la batería tocó con cuatro baquetas e hizo gala de buen humor y talento. Destacó la participación de Roberto Vizcaíno, cuyos bongós aportaron a la noche una dimensión rítmica vibrante y necesaria. Vizcaino es un maestro de las percusiones y tiene el don de las palmas, y se las lleva todas, sin duda. “Es un bárbaro”, dijo alguien a mis espaldas.

El programa transitó de lo melancólico a lo festivo y de lo introvertido a lo expansivo. Esa amplitud, más que dispersión, revela la voluntad de abarcar distintos registros emocionales y tradiciones musicales, algo que ha definido la trayectoria de Valdés a lo largo de más de seis décadas.
Don Chucho, como todo mundo le dice con cariño, es una figura central del jazz afrocubano moderno, y su influencia es innegable. Más allá de los múltiples honores y Grammys que ha recibido, su legado se percibe en la manera en que ha sabido tender puentes entre la tradición y la exploración contemporánea, consolidando un lenguaje propio.
El concierto pasado rindió homenaje a Chick Corea y Mozart, al blues estadounidense y las canciones folklóricas cubanas con un toque jazzístico y afrolatino propio de don Chucho. Nos divertimos y la función resultó uno de esos momentos donde la música se expande y entra al flujo de los sentimientos.
Sin duda un gran concierto en una noche no muy fría, aunque fresca de un Boston que parecía fiesta pues logra percibirse en el ambiente el cambio de estación y de clima.
–Alberto Roblest
The piano, in certain hands, ceases to be merely an instrument and becomes an expressive universe. In Chucho Valdés’ hands, that universe oscillates between elegance and intensity, between meticulous academic precision and a seemingly boundless energy. His approach to the keyboard, more than playing, can be profoundly hypnotic.
Last Saturday night at the Berklee Performance Center in Boston, Valdés performed with his Royal Quartet, presenting a broad and ambitious repertoire that spanned classical passages, high-caliber jazz and a solid foundation of Afro-Cuban rhythms. The quartet operates as a tightly knit ensemble, yet the piano serves as the clear center of gravity, guiding and shaping the sonic experience. The result is a virtuosity shared among the musicians, where dialogue acquires both depth and subtlety.
Armando Gola’s bass reminded the audience that jazz is alive and can be irresistibly danceable, while Horacio Hernández, playing drums with four sticks, displayed both virtuosity and humor. Roberto Vizcaíno’s participation was particularly striking; his bongos injected a vibrant, indispensable rhythmic dimension. A master percussionist, Vizcaíno’s hand claps were flawless, prompting someone behind me to exclaim, “He’s amazing.”
The program traversed a spectrum of moods—from melancholic to festive, from introspective to expansive. This range, far from feeling scattered, reflected Valdés’s lifelong ambition to embrace diverse emotional registers and musical traditions—a hallmark of his career spanning over six decades.
Known affectionately as Don Chucho, he is a central figure in modern Afro-Cuban jazz, his influence unmistakable. Beyond his multiple Grammy wins, his legacy is evident in the way he bridges tradition and contemporary exploration, consolidating a unique musical language.
The concert paid homage to Chick Corea and Mozart, to American blues, and to Cuban folk songs, all interpreted with Valdés’s characteristic jazz and Afro-Latin touch. The audience reveled in the performance, experiencing one of those rare musical moments that expand the heart and mind.
Without a doubt, it was a remarkable concert, on a night that was cool but not cold, in Boston, that seemed celebratory, as if the change of season itself had infused the atmosphere with anticipation.
– Story by Alberto Roblest
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