Skip to content

El arte del bonsái en el Arboreto Nacional

By | Published | No Comments

¿Cuál es la misteriosa relación que tenemos los hombres con los árboles? El 90 por ciento de las personas tiene algún tipo de sentimiento, regularmente positivo, en torno a estas creaturas verdes. Nuestro interés va del enamoramiento, a la veneración; y del respeto, a la reverencia. Esa admiración, o como deseen llamarle, sin duda se encuentra en alguna parte muy profunda de nuestra psique, o nuestro subconsciente, difícil de explicarlo. Incluso, en algunas partes del mundo los árboles son sangrados… y deberían serlo en general. Hasta hace poco sabemos que los árboles se comunican entre ellos, se curan entre ellos, e incluso que pueden “sentir” y ser sensibles… Fantástico, ¿qué no?

El tema de los árboles viene a colación esta vez pues hace unos días asistimos a una interesante exhibición en el Arboreto Nacional, ubicado en los márgenes de Washington DC. Nuestro afán original era ver el florecimiento de los Cherry blossom que en esta época se nutren de flores rosas y son sencillamente esplendorosos. La otra verdad es que deseábamos evitar el tráfico, el terrible congestionamiento y las multitudes que se aglomeran en el Mall durante estas fechas para ver a los árboles cubrirse de colores… Lindo, pero mucha gente.

El florecimiento de los árboles indica también que hemos entrado a la primavera, y que mejor lugar que el Arboreto para ver el cambio de estación. Un lugar bien importante, no sólo por la calidad del aire que se respira, sino porque ahí se preservan árboles y plantas, se estudia la flora y la ecología. Un sitio donde unos puede reencontrase con la naturaleza, al menos por un rato.

Desde la entrada nos encontramos con algunos Cherry blossom, entonces alguien nos comunicó que también había una exhibición de bonsái, ya saben, esos árboles pequeños que parecen árboles gigantescos, algunos de cien, doscientos años, o más. Hablamos de venerables abuelos y tan pequeños que podrían ser guardados en un clóset, o transportarse en un vehículo de un lado a otro, con cuidado claro, dado que son muy frágiles, con respeto sin duda, pues son realmente piezas de arte naturales. Algunos son tan viejos que nadie sabe su edad de nacimiento, y otro sencillamente tienen tanto tiempo “en entrenamiento” que es difícil no observarlo en sus raíces, brazos y hojas.

El arte milenario del bonsái es originario de China, y fue introducido al Japón por monjes budistas entre los siglos VII y XI donde se perfeccionó con un enfoque Zen. Su popularidad mundial inicio en el siglo XX, en los USA la práctica del bonsái explotó poco después de la Segunda Guerra Mundial. En la actualidad existen sociedades, clubes y escuelas donde se recrean árboles bonsái en muchas partes del planeta, en los Estados Unidos hoy en día hay al menos 500 clubes de cuidadores de bonsái. La técnica no es fácil, hay que tener paciencia, bondad, y saber comunicarse con el espécimen en cuestión, regularmente juníperos, olmos y cipreses, aunque también pino blanco y cedro rojo.

El caso es que mucha gente se dedica a esta actividad, para unos es sólo un hobby, para otros una terapia, otros más lo toman con devoción, y algunos sólo trabajan de eso. El resto, como en mi caso, solamente apreciamos estas pequeñas maravillas de la naturaleza, un poco manipuladas por la mano del hombre, claro, que siempre intenta modificar su entorno, en ocasiones para crear nuevas especies de plantas y vegetales comestibles, y en algunos otros casos solamente para adornar y lucir, como es el caso de estos pequeños árboles.   

El bonsái en Latinoamérica no solo replica estilos japoneses, sino que incorpora la biodiversidad local, creando ejemplares únicos de la flora tropical y subtropical. Se trabaja con especies locales como el árbol de pingüica, ceiba, madroño, flamboyán, ficus, jaboticaba, el brazilian rain tree y el ahuehuete.

La tradición bonsaísta en México fue introducida por el jardinero imperial Tatsugoro Matsumoto a finales del siglo XIX y gracias a él México cuenta con el Museo Tatsugoro en Veracruz, el primero en Latinoamérica. Además, la Federación WBFF enumera clubes en Argentina, Colombia, Chile y Barbados.

El bonsái más antiguo del mundo (Yamaki Pine) se halla en el Museo Nacional Penjing en Japón y tiene la edad de 400 años y este año cumple su aniversario dado que comenzó a entrenarse desde 1625, sobrevivió a la bomba atómica y se trata de un pino blanco, se le apoda el “El árbol de la Paz” y no sólo es una joya viva, sino el abuelo verde de todos los otros.

Visiten la exhibición, vale la pena, no se arrepentirán, el parque cuenta con un área de picnic por si desean pasar un día entre árboles, cantos de pájaros y viento fresco.