
Nuestro personaje está en el centro de un cuarto redondo sin ventanas pero con muchas puertas, cada tres metros hay una separada de otra, así que está circundado por ellas. Detrás de nuestro personaje, justamente a sus espaldas en otra silla, se encuentra una mujer de igual forma sentada en el centro de aquel gran salón sin esquinas. Parecen indecisos y en cualquier momento se pondrán de pie y abrirán una de aquellas entradas, la que atravesarán sin previo aviso y bajo quien sabe que lógica para perderse adentro, mientras otro personaje ocupará su lugar seguido por otra mujer que tomará asiento en la silla a sus espaldas, en tanto la primera mujer ha sido devorada por la puerta que decidió abrir. Es apenas un instante, dos personas. Este es el juego, o sino el juego, sí la situación. Decenas, cientos de hombres y mujeres desapareciendo por las puertas que por su propia voluntad han escogido, para perderse en una sucesión pasmosamente lenta o rápida según se vea. Hombres y mujeres pegados espalda con espalda y en cuyas sillas otros hombres y mujeres toman asiento en una sucesión interminable. Entrando y saliendo por aquellas puertas como si el cuarto aquel fuera solo para tomarse un respiro antes de continuar su viaje hacia el más allá.

Trecientos sesenta grados tiene el salón, más de cien puertas y por supuesto destinos. Que puerta van a atravesar cada uno de aquellos personajes es un misterio, incluso para el mismo personaje que esto escribe, pues este lugar está representado de igual manera en el cerebro de cada una de las personas que han pasado por este sitio y supongo que olvidado una vez cruzado la entrada. Frente a mí, puertas de todos los colores, materiales, estilos y texturas. Siento la presión de decidir pronto y no sé por qué. ¿La de madera color rojo con detalles art deco? ¿La de metal con perilla do